¿Alguna vez has sentido que, a pesar de todo tu esfuerzo y preparación, las cosas no salen como esperabas? Hace unos años, me encontré en una situación que parecía diseñada para el fracaso. Como consultora de bienes raíces, estaba acostumbrada a manejar proyectos complejos y a resolver problemas bajo presión. Sin embargo, durante una importante demostración ante un grupo de inversionistas clave, todo salió mal. La tecnología falló, mis palabras no fluyeron como había planeado y, para colmo, olvidé un dato crucial que había preparado durante semanas. En ese momento, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Cómo podía haber fallado en algo que dominaba?
Pero, en medio de la frustración y la vergüenza, Dios me enseñó una lección invaluable: no todas las pruebas están destinadas al éxito, pero todas están destinadas a un propósito. A veces, el fracaso no es más que una oportunidad para recordarnos que no todo depende de nosotros. En 2 Corintios 12:9, el Señor nos dice: "Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad". Ese día, entendí que mi fracaso no era el final, sino el comienzo de algo más grande. Aprendí a depender más de Dios y menos de mis propias capacidades, y descubrí que, incluso en los momentos más incómodos, Él está obrando para nuestro bien. Aquella demostración que falló no solo me humilló, sino que también me enseñó a confiar en que, aun cuando no entendamos el "porqué", Dios siempre tiene un plan perfecto.